Próximamente

El libro estará disponible en formato Kindle en Septiembre de este mismo año.

viernes, 23 de mayo de 2014

Bienvenidos


¡¡Bienvenidos!!

¡Hola a todos! Me llamo Elisabet y esta es la primera novela juvenil que publicaré por mi cuenta en formato Kindle. En este blog subiré toda la información sobre esta novela. Como de qué trata, dónde encontrarla, cómo es la portada, quiénes son los personajes principales... 

Para empezar os presento la portada (la cual iré perfeccionando con el tiempo), y una sinopsis de la novela.
Hay un apartado donde podéis votar y decir vuestra opinión.

Deseo de todo corazón que os guste.







jueves, 22 de mayo de 2014

Personajes




PERSONAJES




Eris Arnaiz

 Es la protagonista principal de la novela. Ella es quien cuenta la historia. 
Eris es una chica de veinte años un poco rara e impulsiva. Trabaja en la cafetería Green Dog (lugar donde tiene inicio la historia) y allí es donde se encuentra por primera vez con Dylan (el chico invisible que no puede ver). Vive en las afueras de Salou junto con sus padres y su hermano mayor, Ares.


Dylan Araya

 Es el protagonista masculino de la novela. Se encuentra con Eris por casualidad y, también por casualidad, descubre que es la única que puede escucharle. Aunque no verle. Como no sabe por qué es invisible, halla en Eris el único modo de averiguar el porqué de su situación.
Después de salvarla de unos hombres que la perseguían al salir del trabajo, Dylan decide por sí mismo seguir a Eris hasta su casa. Y no tiene intención de marcharse hasta que ella lo ayude a descubrir quién es.


Aina

Es la compañera de trabajo de Eris. A pesar de la reticencia de Eris por ser su amiga, Aina parece empeñada en preocuparse por ella. Y de ese modo se convierte en una de las pocas ayudas que tiene la joven con su “pequeño problema”.
Es dulce y amable, y con una confianza en sí misma que logrará ganarse el afecto de Eris.


Ares

 Es el hermano mayor de Eris. Siempre han estado muy unidos, hasta que él decidió marcharse durante un tiempo a Alemania.
Es un chico responsable y amable que protege y cuida a su hermana por encima de cualquier cosa. Incluso de sí mismo.


Profesora Psicópata

 Nombre con el que Eris apoda a la profesora de la universidad de Bellas Artes con la que se encuentran Dylan y ella. Y que parece saber mucho más de lo que pretende dejar ver.


Ayax


Viejo amigo de Dylan. Es un personaje importante que aparece fugazmente en la historia. Protagonista masculino del siguiente libro, del cual incluyo el prólogo y el primer capítulo en la novela Invisible.  


Emma Fernández

 Es una joven un tanto lunática con la que tiene que hablar Eris para averiguar más cosas sobre Dylan.



*Hay un personaje misterioso que aparece en mitad de la historia. Un personaje que desvela el tema real de la novela.

miércoles, 21 de mayo de 2014

¿Qué incluye la novela?

La novela incluye;

1: La historia total y terminada de Invisible.

2: Un capítulo extra narrado por Dylan, en el cual se revelan algunos secretos no contados en la historia principal.

3: El prólogo y primer capítulo del segundo libro (todavía no finalizado) titulado; Prueba otra vez.

4: Ilustraciones de la historia con los personajes y escenas narradas.



Aquí añado alguna imagen que incluye el libro. :)



Eris Arnaiz


Escena Eris con Dylan

martes, 20 de mayo de 2014

Primer Capítulo

Aquí dejaré el primer capítulo de la historia como muestra. 

1

Green Dog



― Tienes razón.
La voz me despertó de la ensoñación en la que me había sumido. Seguramente Aina, mi compañera de almuerzo de hoy, habría estado hablando desde hacía rato. Por el contrario, yo había estado ignorándola durante el mismo tiempo.
Como siempre me sucedía, la miré y sonreí fingiendo haber estado escuchando toda su charla.
― ¿Sí? ―dije intentando coger de nuevo el hilo de la conversación. Ella no pareció advertir mi falta de atención.
― ¡Claro! Los días pares son mucho mejores que los impares.
Fue en ese momento cuando recordé de qué estábamos hablando, o al menos lo que había dicho hace veinte minutos. Hoy era lunes, por lo que era uno de los peores días de la semana. Había comentado como si nada que prefería los días pares, y fue entonces cuando Aina comenzó un monodebate que es un debate consigo misma sobre qué era mejor, si los pares o los impares. Pasando por los fines de semana, lo que hacía ella los sábados, los domingos y… prácticamente todos los días. O eso supuse cuando empezó contándome qué había hecho hoy, qué haría mañana, y probablemente pasado, y el otro, y el otro… Bueno, podéis imaginar en qué día me perdí. Así que si su discurso comenzó con un hoy tengo que… seguido por un y mañana tendré que… lo siguiente que escuché fue un tienes razón. Y para cuando dijo eso yo ya había perdido todo el interés en la conversación.
Odio a la gente que sigue hablando incluso cuando se hace evidente que no quieres hablar. Y Aina es una de esas personas. No es que me caiga mal, sólo es… ¿Cómo lo diría? Irritante.

Al darnos cuenta de la hora que era salimos del bar. Faltaban cinco o diez minutos, depende de si hacía caso a mi reloj o al de mi compañera, para entrar al siguiente turno. No era que trabajar en una cafetería llamada Green dog (Perro verde) fuese mi vocación, pero necesitaba el dinero. Caminamos deprisa, intentando llegar cuanto antes. Por suerte, hoy no estaba la jefa así que si llegábamos dos minutos tarde tampoco sería el fin del mundo.
Recuerdo que Aina había estado hablándome todo el trayecto. No la escuché. Sólo afirmaba de vez en cuando por educación, pero me limitaba a correr sin decir nada.
Al llegar, nuestros compañeros ya estaban nerviosos. Tenían que marcharse y nuestro turno ya había comenzado. Era comprensible, pues llevaban toda la mañana trabajando sin parar. Los turnos eran sagrados, pero nadie quiere empezarlos, claro. Lo justo sería entrar lo antes posible, como también deseamos salir lo antes posible. Nunca ocurre…
― Lleva estos cafés a la mesa del fondo, la que tiene el bebé ―dijo Rebeca a Aina.
Alex, nuestro otro compañero, me tendió una bandeja con dos refrescos, un agua y tres pastas.
― Esto a la mesa de dentro, la de la esquina ―dijo mientras me daba la vuelta―. ¡La de la mujer que parece una bruja! ―gritó.
Me volví hacia él de nuevo totalmente asombrada de que hubiese gritado aquello sin pararse a pensar ni un sólo instante en las consecuencias de dicho comentario. El rostro de Alex no cambió.
― Podría haberte oído ―le reproché después de comprobar que nadie parecía haberse dado cuenta.
Alex frunció el ceño y se encogió de hombros como diciendo ― ¿Y qué? ―, totalmente ajeno a lo que podría haber ocurrido si la mujer hubiese escuchado su insulto. Sin prestarle más atención, me volví con la bandeja en la mano y me dirigí a la mesa indicada.
Vaya pensé, sí parece una bruja…
― Aquí tienen. Dos coca-colas, un agua y tres cruasanes ―informé.
La mujer, que estaba hablando con otras dos que tenía en frente, no se dignó ni a mirarme. Resignada, regresé con la bandeja dispuesta a coger mi libreta y atender a los demás clientes.
― Encima maleducada.
Me giré de golpe al escuchar esa afirmación cortante.
― ¿Disculpe…? ―murmuré con apenas voz. La mujer, la cual no dejó de hablar, no pareció percibir mi presencia.
Confusa, sacudí la cabeza sintiéndome realmente extraña. Ahora me imaginaba cosas… ¡Genial!

Las primeras dos horas pasaron rápido. Había mucha gente de cuatro a cinco, porque muchos comían a las tres y luego venían a tomarse un café. Sobre las seis y media era la hora de la merienda, y más tarde, la cena.
Llevaba tres semanas trabajando en Green Dog. El bar-cafetería estaba justo en frente de una iglesia antigua, pasando por una calle peatonal no muy ancha. Había sido pura casualidad que encontrara trabajo justo allí. De todos los lugares donde dejé un currículum, el Green Dog era el último lugar donde esperaba una respuesta afirmativa. O una respuesta.
Eran tiempos difíciles, mis amigos lo decían, mis padres lo decían, yo lo decía… Era cierto, porque quería trabajar y no encontraba un solo lugar donde poder hacerlo. Así que, en contra de lo que me había propuesto que era ni más ni menos que trabajar donde vivía fui a Reus a repartir mi próxima candidatura como empleada de cualquier sitio donde aceptasen personal SIN EXPERIENCIA. Una semana más tarde, una llamada me comunicó que estaba contratada para los próximos tres meses. Sí, contratada a menos que la entrevista fuese totalmente desastrosa o dijese que no al trabajo. Evidentemente, la segunda opción no era posible, la primera… 
  
Así que aquí estaba, tres semanas después, pasando por una primera semana infernal, trabajando a tiempo completo en una cafetería tan rara como su propio nombre indicaba. Había podido comprarme un coche de segunda mano al pasar una semana. No gracias a mi sueldo, que todavía no había recibido, sino a mis padres. Un venazo compasivo y altruista para con su hija que lleva más de un año intentando encontrar un trabajo más o menos fijo.
Como ya he dejado a entender, sí, vivo con mis padres. ¡Qué remedio! ¡Ya me gustaría a mí haberme independizado! Pero es imposible. Igual que me era imposible estudiar. A mis veinte años había trabajado, aproximadamente, en ocho sitios distintos. Todos de menos de dos meses, la mayoría sustituciones, la otra mayoría promociones o trabajos con fecha de caducidad. Así que me pasaba la mayor parte de mi vida buscando trabajo y la otra mitad trabajando cuando lo encontraba. ¿Quién tenía tiempo para el amor o la diversión cuando tienes una voz interior que te dice que no lo mereces? No podía pensar en nada más que en ganar lo suficiente para poder pagarme los estudios del año siguiente. Y me había convencido de que no tenía derecho a pasármelo bien mientras no hubiese cumplido con ello.

A las nueve, mientras Aina se ocupaba de dos o tres mesas, entré en el almacén. ¡Necesitaba un respiro urgente! Me senté apoyando la cabeza entre las manos y respiré profundamente. La tarde había sido horrible, y aún quedaba una hora entera…
― Ese tío parecía decepcionado de no encontrarte en la carta.
Abrí los ojos de par en par y alcé la cabeza de golpe esperando encontrar al dueño de dicha afirmación. No obstante, no había nadie. Confusa, me levanté y miré por todo el almacén. Era la tercera vez que escuchaba esa voz, la primera había creído que se trataba de Alex, pero era evidente que la misma voz había pronunciado las frases siguientes. ¿Estaría imaginándolo? ¿Se trataría, acaso, de una broma?
Avancé escudriñando el almacén entero, pero no había nadie. Estaba sola.
― ¡No lo he imaginado! Realmente me oyes, ¿verdad?
Dejé escapar un pequeño chillido a la vez que me daba la vuelta. Esta vez estaba segura, alguien me había hablado justo donde ahora estaba mirando. Pero no había nadie. O por lo menos yo no lo veía. Fuera quien fuese estaba bien escondido.
 ― ¿Quién hay ahí? ―pregunté sintiendo cómo mi voz temblaba en mi garganta.
― Aunque, al parecer, no puedes verme… Está claro ―siguió diciendo la misma voz―. Me pregunto si…
Un nuevo grito escapó de mi garganta cuando una mano tocó mi brazo de repente. Me aparté de golpe tan asustada que no pude evitar las cajas amontonadas que había a mi espalda. Y sin otra alternativa, me tropecé y caí al suelo entre cajas y pedidos. 
― Interesante… ―murmuró de nuevo como si el hecho de caerme careciera de importancia.
Sin importar quién lo había dicho y sin dejar de estar sorprendida y asustada al mismo tiempo, mis labios se despegaron a punto de pronunciar un insulto tan grande que habría escandalizado al mismísimo diablo. Por el contrario, mi protesta mordaz se apagó al aparecer Aina por la puerta. Su rostro pareció abrirse como una cajita al introducir la llave en la cerradura. Estaba sorprendida y horrorizada. Se acercó corriendo para ayudarme sin pensarlo un solo instante. En eso tuve que reconocer que había actuado como una buena compañera.
― ¡Eris! Por Dios, ¿cómo te has caído? ―preguntó exaltada.
Pensé que escucharía de nuevo esa maldita voz masculina e insolente que había logrado asustarme, pero solo hubo silencio. Me levanté y miré por todas partes a la vez que tocaba el aire a mí alrededor, o más bien lo azotaba. Seguramente, desde un punto de vista exterior parecería algo trastornada o confusa por no decir loca, que era lo que creía en esos instantes.   
Nada.
― ¿Te… encuentras bien? ―me preguntó terminando la pregunta con una sonrisa preocupada.
Sacudí la cabeza una vez e intenté ordenar mis pensamientos. Definitivamente no confiaba lo suficiente en Aina como para decir que escuchaba voces que, evidentemente, no procedían de ninguna persona. Pensaría que estoy loca. Así que cerré los ojos momentáneamente y al abrirlos me obligué a sonreír.
― Eh… sí. Lo siento, me he mareado ―mentí mientras tocaba mi frente despreocupadamente y la miraba a los ojos intentando restarle importancia―. Sólo eso…
No muy convencida, asintió con la cabeza y me soltó con cuidado. Era probable que, después de esa enorme caída provocada por un mareo, como había dicho, se sintiera reacia a dejarme sola de nuevo por temor a que desmontara la cafetería entera. Y probablemente tendría razón.
― ¿Te sientes con fuerzas de seguir? ―me preguntó sin apartarse del todo de mi lado.
Asentí con la cabeza a la vez que tragaba con fuerza, tal vez necesitase un vaso de agua o algo por el estilo antes de continuar mi turno. Por lo demás…
―Sí, sí, no te preocupes.





La última hora pasó sin incidentes. Aunque me sentía mejor y el trabajo me ayudó a dejar de pensar en lo que había ocurrido momentos antes, no pude quitarme de encima la sensación de que alguien me miraba. Aina dejó de preocuparse por mi salud llámale física o mental… depende de la impresión que diese en aquel momento cuando vio que ya atendía a los clientes con normalidad.
Una hora y media más tarde de lo normal, por fin, terminó el turno. Ambas salimos de la cafetería dejando a las jóvenes chicas que atendían el turno de noche. Por suerte, era un local que pocos días abría después de las diez y media, por lo que ese turno no me había tocado todavía en ninguna ocasión.
Aina se despidió de mí después de preguntarme, por quinta vez consecutiva, si estaba segura de que podía conducir. Me ofreció una barrita energética que no pude rechazar y me obligó a beber un vaso de agua con azúcar y limón antes de marcharme ―una receta casera parecida al Aquarius―. Era una chica muy agradable y atenta, tenía que reconocerlo, pero no podía evitar pensar que era un verdadero dolor de cabeza. Y ciertamente, con lo preocupada que parecía estar por mí, me supo realmente mal pensar eso.
Me despedí de ella después de sonreír como pude y asegurarle que la llamaría en cuanto llegara a casa para que supiera que estaba bien. ¿Era necesario todo ese numerito? ¡Ni que nos conociéramos desde hacía tanto! Y aunque no logré convencerla del todo, se alejó en dirección contraria para irse a su casa. Yo me di la vuelta y emprendí la marcha hacia mi coche. Me puse la chaqueta cuando apenas había dado diez pasos; hacía frío.

Anduve deprisa por las calles estrechas de Reus para llegar a una que estaba cerca de la plaza de las Ocas donde había aparcado mi coche. Era un callejón estrecho, pero siempre encontraba aparcamiento. Apreté el paso cuando comencé a escuchar un par de pies más detrás de mí. La sensación de ser vigilada se intensificó más ahora que estaba sola. Estaba a punto de llegar cuando me crucé con un par de hombres que recordaba haber visto en la cafetería hacía un par de horas. Ambos se volvieron para verme cuando pasé por delante, y sus sonrisas me arrancaron un escalofrío.
Escuché algunos murmullos, pero no pude descifrar qué decían. Tampoco estaba segura de que tuviese que ver conmigo. Así que a pesar de que en mi imaginación eran unos malhechores que querían matarme, me obligué a ignorarles. De poco sirvió. Pues uno de ellos, uno en el que no había reparado hasta ahora, se acercó a mí con un cigarro de liar en la boca.
― Perdona, ¿tienes fuego? ―me preguntó con los labios apretados alrededor del filtro.
Negándome a asustarme sin razón aparente, negué con la cabeza y sonreí sin detenerme.
― Lo siento… Me dispuse a seguir mi camino cuando otro de ellos se incorporó de la pared donde había estado apoyado para acompañar a su amigo.
― No te vayas tan deprisa. Podemos invitarte a algo, ¿verdad Migas?
No quise preguntarme, ni ahora ni más adelante, por qué llamaban a ese Migas. De verdad que no. Pero supongo que estaba tan asustada en esos momentos que no pude evitarlo.
― No… Yo ya me iba ―dije acelerando el paso e ignorando mi absurda pregunta interior.
Sin esperarlo y haciendo que mi imaginación cobrara vida, el hombre me cogió por un brazo deteniendo mis pasos. Asustada, le di un empujón guiada por la adrenalina que subió como la espuma y salí corriendo. Por si mi imaginación no era suficiente planeando posibles situaciones, los ahora reconocibles malhechores un nombre ridículo ahora que lo pienso detenidamente comenzaron a seguirme. 

Debo reconocer que corro rápido. Gané alguna que otra carrera cuando iba a la escuela. Así que logré sacarles ventaja. Y seguramente habría escapado de ellos de no ser por el maldito callejón sin salida con el que me había tropezado. ¡¿Desde cuándo había un puñetero callejón sin salida en Reus?!  
Miré la pared delante de mí para encontrar un modo de, tal vez, escalarla. Había una ventana a unos dos metros de altura, y en un rincón un contenedor. Podía trasladarlo allí y subirme encima para luego… ¿Para luego qué? No había nada por donde seguir escalando. Seguramente, aunque llegase hasta la ventana, no podría abrirla. De todos modos, acerqué el contenedor y me subí encima de él para alcanzarla. Sujetándome a la tubería de al lado estaría lo suficientemente alejada del suelo como para que esos hombres no pudieran cogerme. O estaba tan nerviosa que no pensé que ellos también tenían piernas y brazos con los que subirse al contenedor de basura que había utilizado para llegar hasta la ventana. Y que seguramente me atraparían sin ninguna dificultad porque su altura era considerablemente mayor que la mía, y lo que a mí me había parecido unos dos metros, para ellos serían unos cuantos centímetros de más.

De todos modos, no había marcha atrás. Pues los tres hombres ya estaban al pie de la calle y sus risas llegaban hasta mis oídos.
― ¡Vaya con la tía! ―gritó uno de ellos.
― ¡Baja de ahí, que no eres Spiderman! ―puntualizó otro que parecía no poder contener la risa.
No dije nada. Me aferré todavía más a la tubería, la cual me dejaba las manos rojas por el óxido, e incapaz de quedarme quieta comencé a subir por ella. Resbalé en un par de ocasiones, y sentí como un hierro me raspaba el pantalón y me hacía un corte en la espinilla. Apreté los dientes ante el dolor.
― ¡Esto empieza a ser muy divertido! ¿Cuánto crees que tardará en caerse de allí?
Los malditos idiotas ni siquiera fingían no querer atraparme. ¡Joder, creía que estas cosas sólo ocurrían en las películas! Aunque no recordaba ninguna película en la que la protagonista se subiera a un contenedor para escalar por una diminuta tubería oxidada que no conducía a ninguna parte. Seguramente debería estar asustada. Tal vez tendría que intentar pelear hasta que mi salvador, atractivo e irresistible, le diera una buena tunda a esos malhechores… ¡Dios, tenía que eliminar esa estúpida palabra de mi vocabulario!

Escuché como los pies del hombre más alto se subían encima del contenedor. Miré por encima del hombro para comprobar si podría alcanzarme o qué propósito tenía. Se tambaleó un par de veces, pero sabía a la perfección que si alargaba una mano podría sujetarme un pie. Intenté escalar un poco más, pero fue inútil, no era suficientemente rápida. Miré de nuevo esperando encontrarle más cerca cuando el enorme tío cayó hacia atrás impactando con fuerza contra el suelo. Abrí los ojos de par en par cuando los otros dos se acercaron para comprobar si estaba bien. Él hombre dejó escapar unos gemidos de dolor y miró incrédulo hacia arriba, como esperando ver algo más que un contenedor de basura.
― ¡Dios, Migas! ¿Estás bien? ¿Cómo diablos te has caído? Te has fumado tú la maría, ¿verdad? ―dijo el más bajito con un tono entre recriminatoria y desorientada burla. Estaba claramente borracho… o drogado, ¡qué sé yo!
― ¡No me he caído, imbécil! ¡Y no he tocado tu maldita maría! ¡Alguien me ha empujado!
Los dos hombres miraron hacia arriba, donde yo estaba. No me había movido del sitio ni un solo centímetro.
― Oye, la chica ni siquiera tiene las piernas largas…
― ¡Idiota! ¡La chica no se ha movido, alguien está allí, estoy seguro!
Sin poder evitarlo, la mención de alguien más que, evidentemente, no podían ver, me llevó a recordar lo sucedido en Green Dog. Aunque no pude pensar mucho más, pues los otros dos se acercaron al contenedor dispuestos a subir y atraparme. Mi mente comenzó a funcionar a mil por hora. No podía seguir pensando en algo que no existía, tenía que pensar en algo que pudiera servirme para escapar. Esos tres estaban demasiado borrachos ―o drogados― como para desistir ahora. Les había dado la excusa perfecta para no aburrirse.  
Me sujeté con más fuerza y avancé unos centímetros más hacia arriba. No obstante, no tuve que seguir magullando mis manos mucho más, pues los dos hombres que habían intentado subir cayeron claramente empujados por algo que no podríamos ver ninguno de nosotros. Se levantaron deprisa desorientados y comenzaron a golpear el aire. Mis ojos se abrieron de par en par cuando otro empujón invisible hizo caer a uno de ellos, luego otro más, hasta que los tres se levantaron entre gritos histéricos y salieron corriendo por donde habían venido.
― ¡Eso, largaos cobardes! ―gritó una voz llena de excitación y regocijo en cuanto los tres desaparecieron por la esquina del callejón. Luego pareció jadear―. ¡Dios, menudo dolor de cabeza!
Con los ojos abiertos de par en par, intenté ver algo que sabía que no vería. Al propietario de aquella voz misteriosa. Mis manos empezaron a dolerme horrores, y tuve que comenzar a bajar torpemente hasta caer de culo encima del contenedor. Un gemido ahogado inundó el callejón y me senté poco a poco intentando aguantar el dolor de mis manos rojas tanto por el óxido como por el esfuerzo.
De repente, algo tocó mi brazo. Chillé sin poder evitarlo y la mano se apartó de mí al instante.
― Tranquila, no quiero hacerte daño, ¿vale?
Miré hacia todas partes, pero no había nadie.
― ¿Quién… por qué…?
― ¿Quién soy y por qué no puedes verme? ―preguntó la voz masculina por mí. Asentí con la cabeza poco a poco y sin dejar de mirar hacia todas partes―. No lo sé. Desperté hace unas semanas y nadie podía verme. Ni siquiera podía tocar a nadie, y tampoco me escuchaban. En realidad, eres la única que ha podido oírme.
Incapaz de moverme del sitio, aún asustada y sorprendida, me encontré irracionalmente hablando con esa voz invisible.
― Has… golpeado a esos… ¿Cómo…?
― ¡Oh, eso! No podía hacerlo al principio, pero si me concentro mucho… Si creo que puedo tocarlos, lo consigo ―me explicó. Su voz se trasladaba en el aire como si estuviera caminando por el reducido lugar―. Tú eres la única que puedo tocar sin provocarme un dolor de cabeza considerable. Y también puedes oírme. Es un verdadero alivio poder hablar con alguien después de… ―Pareció pensarlo un poco y siguió―. ¿Tres, cuatro semanas? Joder, ya no lo recuerdo…
Mientras la voz hablaba desde algún punto por encima de mí, mi cabeza comenzó a palpitarme provocándome un dolor considerable. No obstante, no fue nada en comparación con el dolor que sentí en la espinilla cuando moví la pierna para intentar bajar del contenedor. Mis pantalones negros, los que utilizaba para trabajar, estaban rotos y llenos de sangre. El corte que me había hecho con la tubería era profundo, y seguramente estaría infectado. Tendría que ir al médico, probablemente me pondrían la antitetánica… Pensar en la posible vacuna logró marearme todavía más si era posible. 
― ¿Quieres que te ayude? ―me preguntó la voz.
Mi mirada se alzó como un acto reflejo a pesar de saber que delante de mí no había nadie. Estaba lo suficientemente cansada como para no ponerme histérica, pero no lo suficientemente loca como para pensar que aquella voz surgía realmente de alguien invisible. Simplemente no podía estar hablando tranquilamente con ese… ¿sería un joven?  La voz, el tono grave y fuerte como el de un muchacho de veintidós o veintitrés años así lo aseguraba.
Sin esperar a que esa mano me tocara de nuevo prestándome su ayuda, salté hacia el suelo aterrizando de cuclillas. Apreté los dientes ante el dolor que sentí a través de los pies y me incorporé poco a poco cojeando.
― No es ningún esfuerzo ayudarte, ¿sabes? ―dijo de nuevo. No obstante, no quise responder. Tal vez intentaba que mi cordura siguiera donde la recordaba. Avancé a trompicones intentando llegar a mi coche cuando su voz volvió a dejarme paralizada―. No… no me ignores… no lo hagas…
Debería haber seguido. Debería haberle ignorado una última vez, buscar mi coche e irme a casa. Seguramente mis padres estarían preocupados. Seguramente mi cansancio me provocaba alucinaciones. Tal vez esos hombres me habían alcanzado, yo no había corrido tan deprisa como había creído y ahora me estaban drogando. Por eso tenía esas alucinaciones. Tal vez… Pero no. Tuve que girarme. Tuve que intentar mirar de nuevo algo que no vería. Y tuve que hablarle a ese algo que sí me veía y podía hablar y tocarme.
― ¿Sabes? He tenido un día horrible. Me han perseguido, tengo un agujero en el pantalón con un buen corte que de seguro necesita la antitetánica, odio las agujas y en cuanto llegue a casa mis padres van a preocuparse tanto por mis pintas como por el maldito corte ―dije tan deprisa que no tuve muy claro si tuvo sentido―. Creo que he llegado a un punto en el que no me importa reconocer que además de todo esto, oigo voces ―suspiré―. Así que al menos uno de los dos terminará la noche mejor de lo que la ha empezado. Puedo oírte. ¿Qué quieres más? ¿Venir a mi casa?
Y aunque lo dije en broma, él pareció tomarlo muy en serio. O tal vez decidió pasar por alto mi evidente sarcasmo porque realmente se sentía perdido…