Aquí dejaré el primer capítulo de la historia como muestra.
― Tienes razón.
La voz me despertó de la ensoñación en la que me había
sumido. Seguramente Aina, mi compañera de almuerzo de hoy, habría estado
hablando desde hacía rato. Por el contrario, yo había estado ignorándola
durante el mismo tiempo.
Como siempre me sucedía, la miré y sonreí fingiendo haber
estado escuchando toda su charla.
― ¿Sí? ―dije intentando coger de nuevo el hilo de la
conversación. Ella no pareció advertir mi falta de atención.
― ¡Claro! Los días pares son mucho mejores que los
impares.
Fue en ese momento cuando recordé de qué estábamos
hablando, o al menos lo que había dicho hace veinte minutos. Hoy era lunes, por
lo que era uno de los peores días de la semana. Había comentado como si nada
que prefería los días pares, y fue entonces cuando Aina comenzó un monodebate ―que es un debate consigo misma― sobre qué era mejor, si los pares o los impares. Pasando
por los fines de semana, lo que hacía ella los sábados, los domingos y…
prácticamente todos los días. O eso supuse cuando empezó contándome qué había
hecho hoy, qué haría mañana, y probablemente pasado, y el otro, y el otro…
Bueno, podéis imaginar en qué día me perdí. Así que si su discurso comenzó con
un ≪hoy tengo que…≫ seguido por un ≪y mañana tendré que…≫ lo siguiente que escuché fue un ≪tienes razón≫. Y para cuando dijo eso yo ya había
perdido todo el interés en la conversación.
Odio a la gente que sigue hablando incluso cuando se hace
evidente que no quieres hablar. Y Aina es una de esas personas. No es que me
caiga mal, sólo es… ¿Cómo lo diría? Irritante.
Al darnos cuenta de la hora que era salimos del bar.
Faltaban cinco o diez minutos, depende de si hacía caso a mi reloj o al de mi
compañera, para entrar al siguiente turno. No era que trabajar en una cafetería
llamada Green dog (Perro verde) fuese
mi vocación, pero necesitaba el dinero. Caminamos deprisa, intentando llegar
cuanto antes. Por suerte, hoy no estaba la jefa así que si llegábamos dos
minutos tarde tampoco sería el fin del mundo.
Recuerdo que Aina había estado hablándome todo el
trayecto. No la escuché. Sólo afirmaba de vez en cuando por educación, pero me
limitaba a correr sin decir nada.
Al llegar, nuestros compañeros ya estaban nerviosos. Tenían
que marcharse y nuestro turno ya había comenzado. Era comprensible, pues
llevaban toda la mañana trabajando sin parar. Los turnos eran sagrados, pero
nadie quiere empezarlos, claro. Lo justo sería entrar lo antes posible, como
también deseamos salir lo antes posible. Nunca ocurre…
― Lleva estos cafés a la mesa del fondo, la que tiene el
bebé ―dijo Rebeca a Aina.
Alex, nuestro otro compañero, me tendió una bandeja con
dos refrescos, un agua y tres pastas.
― Esto a la mesa de dentro, la de la esquina ―dijo
mientras me daba la vuelta―. ¡La de la mujer que parece una bruja! ―gritó.
Me volví hacia él de nuevo totalmente asombrada de que
hubiese gritado aquello sin pararse a pensar ni un sólo instante en las
consecuencias de dicho comentario. El rostro de Alex no cambió.
― Podría haberte oído ―le reproché después de comprobar
que nadie parecía haberse dado cuenta.
Alex frunció el ceño y se encogió de hombros como
diciendo ― ¿Y qué? ―, totalmente
ajeno a lo que podría haber ocurrido si la mujer hubiese escuchado su insulto.
Sin prestarle más atención, me volví con la bandeja en la mano y me dirigí a la
mesa indicada.
Vaya ―pensé―, sí parece una bruja…
― Aquí tienen. Dos coca-colas, un agua y tres cruasanes
―informé.
La mujer, que estaba hablando con otras dos que tenía en
frente, no se dignó ni a mirarme. Resignada, regresé con la bandeja dispuesta a
coger mi libreta y atender a los demás clientes.
― Encima maleducada.
Me giré de golpe al escuchar esa afirmación cortante.
― ¿Disculpe…? ―murmuré con apenas voz. La mujer, la cual
no dejó de hablar, no pareció percibir mi presencia.
Confusa, sacudí la cabeza sintiéndome realmente extraña.
Ahora me imaginaba cosas… ¡Genial!
Las primeras dos horas pasaron rápido. Había mucha gente
de cuatro a cinco, porque muchos comían a las tres y luego venían a tomarse un
café. Sobre las seis y media era la hora de la merienda, y más tarde, la cena.
Llevaba tres semanas trabajando en Green Dog. El bar-cafetería estaba justo en frente de una iglesia
antigua, pasando por una calle peatonal no muy ancha. Había sido pura
casualidad que encontrara trabajo justo allí. De todos los lugares donde dejé
un currículum, el Green Dog era el
último lugar donde esperaba una respuesta afirmativa. O una respuesta.
Eran tiempos difíciles, mis amigos lo decían, mis padres
lo decían, yo lo decía… Era cierto, porque quería trabajar y no encontraba un
solo lugar donde poder hacerlo. Así que, en contra de lo que me había propuesto
―que era ni más ni menos que trabajar donde vivía― fui a Reus a repartir mi próxima candidatura como
empleada de cualquier sitio donde aceptasen personal SIN EXPERIENCIA. Una
semana más tarde, una llamada me comunicó que estaba contratada para los
próximos tres meses. Sí, contratada a menos que la entrevista fuese totalmente
desastrosa o dijese que no al trabajo. Evidentemente, la segunda opción no era
posible, la primera…
Así que aquí estaba, tres semanas después, pasando por
una primera semana infernal, trabajando a tiempo completo en una cafetería tan
rara como su propio nombre indicaba. Había podido comprarme un coche de segunda
mano al pasar una semana. No gracias a mi sueldo, que todavía no había
recibido, sino a mis padres. Un venazo
compasivo y altruista para con su hija que lleva más de un año intentando
encontrar un trabajo más o menos fijo.
Como ya he dejado a entender, sí, vivo con mis padres. ¡Qué remedio! ¡Ya me gustaría a mí haberme independizado! Pero es imposible.
Igual que me era imposible estudiar. A mis veinte años había trabajado,
aproximadamente, en ocho sitios distintos. Todos de menos de dos meses, la
mayoría sustituciones, la otra mayoría promociones o trabajos con fecha de
caducidad. Así que me pasaba la mayor parte de mi vida buscando trabajo y la
otra mitad trabajando cuando lo encontraba. ¿Quién tenía tiempo para el amor o
la diversión cuando tienes una voz interior que te dice que no lo mereces? No
podía pensar en nada más que en ganar lo suficiente para poder pagarme los
estudios del año siguiente. Y me había convencido de que no tenía derecho a
pasármelo bien mientras no hubiese cumplido con ello.
A las nueve, mientras Aina se ocupaba de dos o tres
mesas, entré en el almacén. ¡Necesitaba un respiro urgente! Me senté apoyando
la cabeza entre las manos y respiré profundamente. La tarde había sido
horrible, y aún quedaba una hora entera…
― Ese tío parecía decepcionado de no encontrarte en la
carta.
Abrí los ojos de par en par y alcé la cabeza de golpe
esperando encontrar al dueño de dicha afirmación. No obstante, no había nadie.
Confusa, me levanté y miré por todo el almacén. Era la tercera vez que
escuchaba esa voz, la primera había creído que se trataba de Alex, pero era
evidente que la misma voz había pronunciado las frases siguientes. ¿Estaría
imaginándolo? ¿Se trataría, acaso, de una broma?
Avancé escudriñando el almacén entero, pero no había
nadie. Estaba sola.
― ¡No lo he imaginado! Realmente me oyes, ¿verdad?
Dejé escapar un pequeño chillido a la vez que me daba la
vuelta. Esta vez estaba segura, alguien me había hablado justo donde ahora
estaba mirando. Pero no había nadie. O por lo menos yo no lo veía. Fuera quien
fuese estaba bien escondido.
― ¿Quién hay ahí?
―pregunté sintiendo cómo mi voz temblaba en mi garganta.
― Aunque, al parecer, no puedes verme… Está claro ―siguió
diciendo la misma voz―. Me pregunto si…
Un nuevo grito escapó de mi garganta cuando una mano tocó
mi brazo de repente. Me aparté de golpe tan asustada que no pude evitar las
cajas amontonadas que había a mi espalda. Y sin otra alternativa, me tropecé y
caí al suelo entre cajas y pedidos.
― Interesante… ―murmuró de nuevo como si el hecho de
caerme careciera de importancia.
Sin importar quién lo había dicho y sin dejar de estar
sorprendida y asustada al mismo tiempo, mis labios se despegaron a punto de
pronunciar un insulto tan grande que habría escandalizado al mismísimo diablo.
Por el contrario, mi protesta mordaz se apagó al aparecer Aina por la puerta.
Su rostro pareció abrirse como una cajita al introducir la llave en la
cerradura. Estaba sorprendida y horrorizada. Se acercó corriendo para ayudarme
sin pensarlo un solo instante. En eso tuve que reconocer que había actuado como
una buena compañera.
― ¡Eris! Por Dios, ¿cómo te has caído? ―preguntó
exaltada.
Pensé que escucharía de nuevo esa maldita voz masculina e
insolente que había logrado asustarme, pero solo hubo silencio. Me levanté y
miré por todas partes a la vez que tocaba el aire a mí alrededor, o más bien lo
azotaba. Seguramente, desde un punto de vista exterior parecería algo
trastornada o confusa ―por no decir loca, que era lo que creía
en esos instantes―.
Nada.
― ¿Te… encuentras bien? ―me preguntó terminando la
pregunta con una sonrisa preocupada.
Sacudí la cabeza una vez e intenté ordenar mis
pensamientos. Definitivamente no confiaba lo suficiente en Aina como para decir
que escuchaba voces que, evidentemente, no procedían de ninguna persona.
Pensaría que estoy loca. Así que cerré los ojos momentáneamente y al abrirlos
me obligué a sonreír.
― Eh… sí. Lo siento, me he mareado ―mentí mientras tocaba
mi frente despreocupadamente y la miraba a los ojos intentando restarle
importancia―. Sólo eso…
No muy convencida, asintió con la cabeza y me soltó con
cuidado. Era probable que, después de esa enorme caída provocada por un mareo,
como había dicho, se sintiera reacia a dejarme sola de nuevo por temor a que
desmontara la cafetería entera. Y probablemente tendría razón.
― ¿Te sientes con fuerzas de seguir? ―me preguntó sin
apartarse del todo de mi lado.
Asentí con la cabeza a la vez que tragaba con fuerza, tal
vez necesitase un vaso de agua o algo por el estilo antes de continuar mi
turno. Por lo demás…
―Sí, sí, no te preocupes.
La última hora pasó sin incidentes. Aunque me sentía
mejor y el trabajo me ayudó a dejar de pensar en lo que había ocurrido momentos
antes, no pude quitarme de encima la sensación de que alguien me miraba. Aina
dejó de preocuparse por mi salud ―llámale física o mental… depende de la
impresión que diese en aquel momento― cuando vio que ya atendía a los clientes
con normalidad.
Una hora y media más tarde de lo normal, por fin, terminó el turno.
Ambas salimos de la cafetería dejando a las jóvenes chicas que atendían el
turno de noche. Por suerte, era un local que pocos días abría después de las
diez y media, por lo que ese turno no me había tocado todavía en ninguna
ocasión.
Aina se despidió de mí después de preguntarme, por quinta
vez consecutiva, si estaba segura de que podía conducir. Me ofreció una barrita
energética que no pude rechazar y me obligó a beber un vaso de agua con azúcar
y limón antes de marcharme ―una receta casera parecida al Aquarius―. Era una chica muy agradable y atenta, tenía que
reconocerlo, pero no podía evitar pensar que era un verdadero dolor de cabeza.
Y ciertamente, con lo preocupada que parecía estar por mí, me supo realmente
mal pensar eso.
Me despedí de ella después de sonreír como pude y
asegurarle que la llamaría en cuanto llegara a casa para que supiera que estaba
bien. ―¿Era necesario
todo ese numerito? ¡Ni que nos conociéramos desde hacía tanto!― Y aunque no logré convencerla del todo, se alejó en
dirección contraria para irse a su casa. Yo me di la vuelta y emprendí la
marcha hacia mi coche. Me puse la chaqueta cuando apenas había dado diez pasos;
hacía frío.
Anduve deprisa por las calles estrechas de Reus para
llegar a una que estaba cerca de la plaza de las Ocas donde había aparcado mi
coche. Era un callejón estrecho, pero siempre encontraba aparcamiento. Apreté
el paso cuando comencé a escuchar un par de pies más detrás de mí. La sensación
de ser vigilada se intensificó más ahora que estaba sola. Estaba a punto de
llegar cuando me crucé con un par de hombres que recordaba haber visto en la
cafetería hacía un par de horas. Ambos se volvieron para verme cuando pasé por
delante, y sus sonrisas me arrancaron un escalofrío.
Escuché algunos murmullos, pero no pude descifrar qué
decían. Tampoco estaba segura de que tuviese que ver conmigo. Así que a pesar
de que en mi imaginación eran unos malhechores que querían matarme, me obligué
a ignorarles. De poco sirvió. Pues uno de ellos, uno en el que no había
reparado hasta ahora, se acercó a mí con un cigarro de liar en la boca.
― Perdona, ¿tienes fuego? ―me preguntó con los labios
apretados alrededor del filtro.
Negándome a asustarme sin razón aparente, negué con la
cabeza y sonreí sin detenerme.
― Lo siento… ―Me dispuse a seguir mi camino cuando
otro de ellos se incorporó de la pared donde había estado apoyado para
acompañar a su amigo.
― No te vayas tan deprisa. Podemos invitarte a algo,
¿verdad Migas?
No quise preguntarme, ni ahora ni más adelante, por qué
llamaban a ese Migas. De verdad que no. Pero supongo que estaba tan asustada en
esos momentos que no pude evitarlo.
― No… Yo ya me iba ―dije acelerando el paso e ignorando
mi absurda pregunta interior.
Sin esperarlo y haciendo que mi imaginación cobrara vida,
el hombre me cogió por un brazo deteniendo mis pasos. Asustada, le di un
empujón guiada por la adrenalina que subió como la espuma y salí corriendo. Por
si mi imaginación no era suficiente planeando posibles situaciones, los ahora
reconocibles malhechores ―un nombre ridículo ahora que lo pienso
detenidamente― comenzaron a seguirme.
Debo reconocer
que corro rápido. Gané alguna que otra carrera cuando iba a la escuela. Así que
logré sacarles ventaja. Y seguramente habría escapado de ellos de no ser por el
maldito callejón sin salida con el que me había tropezado. ¡¿Desde cuándo había
un puñetero callejón sin salida en Reus?!
Miré la pared delante de mí para encontrar un modo de,
tal vez, escalarla. Había una ventana a unos dos metros de altura, y en un
rincón un contenedor. Podía trasladarlo allí y subirme encima para luego… ¿Para
luego qué? No había nada por donde seguir escalando. Seguramente, aunque
llegase hasta la ventana, no podría abrirla. De todos modos, acerqué el contenedor
y me subí encima de él para alcanzarla. Sujetándome a la tubería de al lado
estaría lo suficientemente alejada del suelo como para que esos hombres no pudieran
cogerme. O estaba tan nerviosa que no pensé que ellos también tenían piernas y
brazos con los que subirse al contenedor de basura que había utilizado para llegar
hasta la ventana. Y que seguramente me atraparían sin ninguna dificultad porque
su altura era considerablemente mayor que la mía, y lo que a mí me había
parecido unos dos metros, para ellos serían unos cuantos centímetros de más.
De todos modos, no había marcha atrás. Pues los tres
hombres ya estaban al pie de la calle y sus risas llegaban hasta mis oídos.
― ¡Vaya con la tía! ―gritó uno de ellos.
― ¡Baja de ahí, que no eres Spiderman! ―puntualizó otro que parecía no poder contener la risa.
No dije nada. Me aferré todavía más a la tubería, la cual
me dejaba las manos rojas por el óxido, e incapaz de quedarme quieta comencé a
subir por ella. Resbalé en un par de ocasiones, y sentí como un hierro me
raspaba el pantalón y me hacía un corte en la espinilla. Apreté los dientes
ante el dolor.
― ¡Esto empieza a ser muy divertido! ¿Cuánto crees que
tardará en caerse de allí?
Los malditos idiotas ni siquiera fingían no querer
atraparme. ¡Joder, creía que estas cosas sólo ocurrían en las películas! Aunque
no recordaba ninguna película en la que la protagonista se subiera a un contenedor
para escalar por una diminuta tubería oxidada que no conducía a ninguna parte. Seguramente
debería estar asustada. Tal vez tendría que intentar pelear hasta que mi salvador,
atractivo e irresistible, le diera una buena tunda a esos malhechores… ¡Dios,
tenía que eliminar esa estúpida palabra de mi vocabulario!
Escuché como los pies del hombre más alto se subían
encima del contenedor. Miré por encima del hombro para comprobar si podría
alcanzarme o qué propósito tenía. Se tambaleó un par de veces, pero sabía a la
perfección que si alargaba una mano podría sujetarme un pie. Intenté escalar un
poco más, pero fue inútil, no era suficientemente rápida. Miré de nuevo esperando
encontrarle más cerca cuando el enorme tío cayó hacia atrás impactando con
fuerza contra el suelo. Abrí los ojos de par en par cuando los otros dos se
acercaron para comprobar si estaba bien. Él hombre dejó escapar unos gemidos de
dolor y miró incrédulo hacia arriba, como esperando ver algo más que un contenedor
de basura.
― ¡Dios, Migas!
¿Estás bien? ¿Cómo diablos te has caído? Te has fumado tú la maría, ¿verdad?
―dijo el más bajito con un tono entre recriminatoria y desorientada burla. Estaba
claramente borracho… o drogado, ¡qué sé yo!
― ¡No me he caído, imbécil! ¡Y no he tocado tu maldita
maría! ¡Alguien me ha empujado!
Los dos hombres miraron hacia arriba, donde yo estaba. No
me había movido del sitio ni un solo centímetro.
― Oye, la chica ni siquiera tiene las piernas largas…
― ¡Idiota! ¡La chica no se ha movido, alguien está allí,
estoy seguro!
Sin poder evitarlo, la mención de alguien más que,
evidentemente, no podían ver, me llevó a recordar lo sucedido en Green Dog. Aunque no pude pensar mucho
más, pues los otros dos se acercaron al contenedor dispuestos a subir y
atraparme. Mi mente comenzó a funcionar a mil por hora. No podía seguir
pensando en algo que no existía, tenía que pensar en algo que pudiera servirme
para escapar. Esos tres estaban demasiado borrachos ―o drogados― como para
desistir ahora. Les había dado la excusa perfecta para no aburrirse.
Me sujeté con más fuerza y avancé unos centímetros más
hacia arriba. No obstante, no tuve que seguir magullando mis manos mucho más,
pues los dos hombres que habían intentado subir cayeron claramente empujados
por algo que no podríamos ver ninguno de nosotros. Se levantaron deprisa
desorientados y comenzaron a golpear el aire. Mis ojos se abrieron de par en
par cuando otro empujón invisible hizo caer a uno de ellos, luego otro más,
hasta que los tres se levantaron entre gritos histéricos y salieron corriendo
por donde habían venido.
― ¡Eso, largaos cobardes! ―gritó una voz llena de
excitación y regocijo en cuanto los tres desaparecieron por la esquina del
callejón. Luego pareció jadear―. ¡Dios, menudo dolor de cabeza!
Con los ojos abiertos de par en par, intenté ver algo que
sabía que no vería. Al propietario de aquella voz misteriosa. Mis manos
empezaron a dolerme horrores, y tuve que comenzar a bajar torpemente hasta caer
de culo encima del contenedor. Un gemido ahogado inundó el callejón y me senté
poco a poco intentando aguantar el dolor de mis manos rojas tanto por el óxido
como por el esfuerzo.
De repente, algo tocó mi brazo. Chillé sin poder evitarlo
y la mano se apartó de mí al instante.
― Tranquila, no quiero hacerte daño, ¿vale?
Miré hacia todas partes, pero no había nadie.
― ¿Quién… por qué…?
― ¿Quién soy y por qué no puedes verme? ―preguntó la voz
masculina por mí. Asentí con la cabeza poco a poco y sin dejar de mirar hacia
todas partes―. No lo sé. Desperté hace unas semanas y nadie podía verme. Ni
siquiera podía tocar a nadie, y tampoco me escuchaban. En realidad, eres la
única que ha podido oírme.
Incapaz de moverme del sitio, aún asustada y sorprendida,
me encontré irracionalmente hablando con esa voz invisible.
― Has… golpeado a esos… ¿Cómo…?
― ¡Oh, eso! No podía hacerlo al principio, pero si me
concentro mucho… Si creo que puedo tocarlos, lo consigo ―me explicó. Su voz se
trasladaba en el aire como si estuviera caminando por el reducido lugar―. Tú
eres la única que puedo tocar sin provocarme un dolor de cabeza considerable. Y
también puedes oírme. Es un verdadero alivio poder hablar con alguien después
de… ―Pareció pensarlo un poco y siguió―. ¿Tres, cuatro semanas? Joder, ya no lo
recuerdo…
Mientras la voz hablaba desde algún punto por encima de
mí, mi cabeza comenzó a palpitarme provocándome un dolor considerable. No
obstante, no fue nada en comparación con el dolor que sentí en la espinilla
cuando moví la pierna para intentar bajar del contenedor. Mis pantalones
negros, los que utilizaba para trabajar, estaban rotos y llenos de sangre. El
corte que me había hecho con la tubería era profundo, y seguramente estaría
infectado. Tendría que ir al médico, probablemente me pondrían la antitetánica…
Pensar en la posible vacuna logró marearme todavía más si era posible.
― ¿Quieres que te ayude? ―me preguntó la voz.
Mi mirada se alzó como un acto reflejo a pesar de saber
que delante de mí no había nadie. Estaba lo suficientemente cansada como para
no ponerme histérica, pero no lo suficientemente loca como para pensar que
aquella voz surgía realmente de alguien invisible. Simplemente no podía estar
hablando tranquilamente con ese… ¿sería un joven? La voz, el tono grave y fuerte como el de un
muchacho de veintidós o veintitrés años así lo aseguraba.
Sin esperar a que esa mano me tocara de nuevo prestándome
su ayuda, salté hacia el suelo aterrizando de cuclillas. Apreté los dientes
ante el dolor que sentí a través de los pies y me incorporé poco a poco
cojeando.
― No es ningún esfuerzo ayudarte, ¿sabes? ―dijo de nuevo.
No obstante, no quise responder. Tal vez intentaba que mi cordura siguiera
donde la recordaba. Avancé a trompicones intentando llegar a mi coche cuando su
voz volvió a dejarme paralizada―. No… no me ignores… no lo hagas…
Debería haber seguido. Debería haberle ignorado una
última vez, buscar mi coche e irme a casa. Seguramente mis padres estarían
preocupados. Seguramente mi cansancio me provocaba alucinaciones. Tal vez esos
hombres me habían alcanzado, yo no había corrido tan deprisa como había creído
y ahora me estaban drogando. Por eso tenía esas alucinaciones. Tal vez… Pero
no. Tuve que girarme. Tuve que intentar mirar de nuevo algo que no vería. Y
tuve que hablarle a ese algo que sí me veía y podía hablar y tocarme.
― ¿Sabes? He tenido un día horrible. Me han perseguido,
tengo un agujero en el pantalón con un buen corte que de seguro necesita la antitetánica, odio las agujas y en cuanto llegue a
casa mis padres van a preocuparse tanto por mis pintas como por el maldito
corte ―dije tan deprisa que no tuve muy claro si tuvo sentido―. Creo que he
llegado a un punto en el que no me importa reconocer que además de todo esto,
oigo voces ―suspiré―. Así que al menos uno de los dos terminará la noche mejor
de lo que la ha empezado. Puedo oírte. ¿Qué quieres más? ¿Venir a mi casa?
Y aunque lo dije en broma, él pareció tomarlo muy en
serio. O tal vez decidió pasar por alto mi evidente sarcasmo porque realmente
se sentía perdido…